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EN INGLES - Angeles Caso

En inglés
Patrick Thomas
Supongo que cuando ustedes lean este artículo el asunto ya estará medio olvidado. Pero hoy, cuando lo escribo, todo el país sigue estallando en risas al recordar el discurso de Ana Botella en Buenos Aires. Y la verdad es que el discursito de la alcaldesa se presta a toda clase de chistes y da cierta vergüenza ajena. Aunque no tanto por su inglés lamentable como por el aún más lamentable contenido –o falta de contenido– y, especialmente, por el tonito y la gestualidad de niña-actuando-en-la-fiesta-de-fin-de-curso que algún asesor con malas intenciones debió de aconsejarle.


A pesar de todo, a Botella hay que reconocerle el mérito de haber demostrado que el inglés al menos le suena, aunque sea de lejos y con reminiscencias escolares. Peor, mucho peor, lo del presidente de nuestro comité olímpico, que no se atrevió ni siquiera a fingir que tenía algún conocimiento de esa lengua. Hay cosas que no hay manera de entender, la verdad. No conozco de nada al señor Blanco, y no dudo de que sea un magnífico profesional, pero me resulta incomprensible que las federaciones deportivas, que son las que eligen al presidente del COE, voten para ese cargo a alguien que no habla inglés. ¿Cómo defiende ese relaciones públicas de altos vuelos los intereses del deporte español ante sus colegas de otros países?


Claro que lo peor de todo es lo de nuestro presidente de Gobierno, que demostró igualmente no tener ningún conocimiento de inglés. Nada nuevo, por otra parte, porque sus antecesores ya nos acostumbraron a esta ignorancia tan hispánica. No dejo de preguntarme cómo personas que en las últimas dos décadas han ido subiendo peldaño a peldaño hacia el poder han podido hacerlo sin hablar esa lengua en la que se comunican los mandatarios internacionales y se publican los grandes ensayos sobre política y economía, además de casi todos los periódicos más importantes del mundo.


El problema no es, por supuesto, sólo de nuestros dignatarios, sino de buena parte del país. Algo nos pasa aquí con los idiomas que no acaba de tener remedio. Puede que tenga que ver con unos métodos de enseñanza no del todo acertados: más de una vez me ha tocado ayudar a algún estudiante a redactar complejísimas oraciones en francés, por ejemplo, cuando el chico en cuestión no sabía ni siquiera construir una sencilla frase oral. Pero sospecho que hay más cosas detrás de esa carencia generalizada. Quizá tenga algo que ver con ese orgullo tan nuestro que nos lleva a pensar que, puesto que nuestro idioma es el segundo más hablado del mundo, no necesitamos aprender ningún otro. No sé.


Y, sin embargo, hablar otras lenguas abre infinitas posibilidades personales y profesionales. Cuando los jóvenes me piden algún consejo para orientar su oscuro futuro, siempre les digo lo mismo: estudiad inglés, alemán, chino, ruso… Nadie ha dicho que sea fácil, por supuesto, pero la satisfacción de poder viajar solo por el mundo, de entenderse con gente de lugares muy diversos o de leer fácilmente libros y textos procedentes de otras culturas compensa todo el esfuerzo. Y, por supuesto, la de encontrar trabajo en algún país donde las cosas no estén tan mal como aquí. Por favor, chicos –y mayores–, aprended a fondo alguna lengua, al menos el inglés, porque se os ensanchará la mente y hasta la vida misma.


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