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La parábola budista que nos enseña a ignorar a ciertas personas para lograr ser felices


Posted: 04 Nov 2017 06:59 AM PDT

Las relaciones interpersonales son una enorme fuente de satisfacción y felicidad. 




  También son la principal causa de insatisfacción e infelicidad. No nos debe extrañar ya que todos los fenómenos y situaciones con las que lidiamos tienen dos caras, generalmente antagónicas. Por eso, una de las claves para ser feliz es aprender a ignorar las palabras, actitudes y comportamientos de muchas personas.


  De hecho, hay ocasiones en las que ignorar es una cuestión de salud mental porque hay actitudes que pueden llegar a desestabilizarnos o nos obstaculizan tanto que nos impiden avanzar y alcanzar nuestro potencial. 

 Darnos cuenta de que estamos alimentando relaciones tóxicas, donde nosotros mismos somos los principales perjudicados, es el primer paso para salir de la tela de araña en la que nos hemos metido.


Ignorar es un arte 

  Se cuenta que en una ocasión, un hombre se acercó a Buda y, sin decir palabra, le escupió a la cara. 

 Sus discípulos se enfurecieron.

 Ananda, el discípulo más cercano, le pidió a Buda:

– ¡Dame permiso para darle su merecido a este hombre!

Buda se limpió la cara con serenidad y le respondió a Ananda:

– No. Yo hablaré con él.

Y uniendo las palmas de sus manos en señal de reverencia, le dijo al hombre:

– Gracias. Con tu gesto me has permitido comprobar que la ira me ha abandonado. Te estoy tremendamente agradecido. Tu gesto también ha demostrado que a Ananda y a los otros discípulos todavía pueden invadirle la ira. ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! 

  Obviamente, el hombre no daba crédito a lo que escuchaba, se sintió conmocionado y apenado.

  Esta parábola nos muestra qué significa exactamente ignorar, una palabra que a menudo tiene una acepción negativa y que puede hacer que nos sintamos “malas personas” por ignorar a los demás.


  Ignorar es simplemente no permitir que las palabras, actitudes y comportamientos dañinos de los demás hagan mella en nuestro equilibrio interior. No es necesario recurrir a la violencia velada ni hacer malas acciones, consiste simplemente en crear una capa protectora a tu alrededor.

  Se trata de aprender a ignorar a ciertas personas en ciertos momentos, ni siquiera es necesario alejarse de ellas porque, al fin y al cabo, todos tenemos luces y sombras. Ignorar no es una forma de venganza ni una manera para hacer sentir al otro inferior, es tan solo una manera de protegerte.


Las 3 situaciones que debes aprender a ignorar

  1. Las críticas destructivas. 


    Cuando las críticas no tienen la intención de ayudarnos a mejorar sino tan solo de desmotivarnos o hacernos sentir inferiores, deberíamos hacer caso omiso de ellas. No dejes que otras personas te juzguen sin haber caminado con tus zapatos. Y mucho menos dejes que sus críticas te dañen.


 2. Las malas acciones. 


 Si una persona te hace una mala acción, no permitas que esta altere tu equilibrio psicológico porque entonces habrá logrado su objetivo. 

 Recuerda que solo puede dañarte aquello a lo que le confieres poder. Anota la mala acción, reestructura tus expectativas sobre esa persona y sigue adelante.


3. Las manipulaciones. 


 Algunas personas intentarán controlarte a través de la manipulación emocional. Es importante que seas consciente de ello y que aprendas a obviar los comentarios que hacen leva en tu sentido de la responsabilidad, tus sensaciones de culpa o incluso tu cariño, para hacerte tomar decisiones que de otra manera no tomarías. 

 Cuando aprendes a ignorar ese tipo de comentarios, puedes ser verdaderamente libre para decidir cada paso en tu vida.


Construye tu escudo protector a través de la “Aceptación Radical”

   Estamos tan acostumbrados a reaccionar que nos resulta espontáneo enfadarnos cuando alguien nos hace una mala acción o entristecernos cuando nos critican. De hecho, estas reacciones son normales, tampoco pretendemos ser como el Buda de la historia, el problema es cuando duran más de lo que deberían y terminan causándonos daño.


  Aprender a ignorar es un proceso que requiere entrenamiento, así como un cambio de actitud profunda. Aunque puede parecer un contrasentido, para ignorar con eficacia no es necesario encerrarse dentro de sí sino todo lo contrario: abrirse por completo al mundo. Una técnica sencilla y muy potente para lograrlo es la “aceptación radical”.


 Esta técnica forma parte de la Terapia Dialéctica Conductual, desarrollada por la psicóloga de la Universidad de Washington Marsha M. Linehan, y se enfoca en la regulación emocional potenciando habilidades como la tolerancia ante la angustia y la conciencia plena, por lo que también sientan sus bases en la filosofía budista.



  La aceptación radical implica aceptar algo completamente, sin juzgarlo. 

 En práctica, muchas de las cosas que dicen o hacen los demás nos molestan y desequilibran porque no se corresponden con nuestras expectativas, porque de cierta forma nos negamos a aceptar esas palabras, actitudes o comportamientos. 

 Esa negación es la llama que alimenta la frustración, el rencor, el odio o la tristeza.


  Cuando practicas la aceptación radical simplemente asumes lo que ha ocurrido, sin entrar en juicios de valor. Al asumir una distancia psicológica creas un escudo a tu alrededor que te brinda la oportunidad de responder a esa situación de manera que no te pase una factura emocional.



Fuente:
Robins, C. J. et. Al. (2004) Dialectical behavior therapy: Synthesizing radical acceptance with skillful means. En Mindfulness and acceptance: Expanding the cognitive-behavioral tradition (30-44). Nueva York: Gilford Press.
Vía: Rincón Psicología

Esta parábola budista resume 3 grandes verdades muy difíciles de aceptar



Cuentan que una vez, un famoso poeta chino se propuso estudiar la sabiduría del Buda. Recorrió un largo camino para encontrar un gran maestro zen y apenas tuvo la oportunidad, le preguntó: 

- ¿Cuál es la enseñanza más importante de Buda? 

- No perjudiques a nadie y haz solo el bien - respondió el maestro. 

- ¡Qué tontería! - exclamó el poeta. – He recorrido miles de kilómetros para encontrarle puesto que le consideran un maestro muy sabio. ¿Y esa es la respuesta que me da? ¡Hasta un niño de tres años sería capaz de decir eso! 

- Puede ser que un niño de tres años sea capaz de decir eso, pero lo difícil es ponerlo en práctica, incluso para un hombre viejo y sabio, como yo - dijo el maestro sonriendo.

Una de las cosas más interesantes de las filosofías orientales, como el budismo y el taoísmo, es precisamente su simplicidad. Estas formas de comprender y estar en el mundo no intentan atarnos a una interminable lista de normas morales, muchas de las cuales solo sirven para que las quebrantemos y nos sintamos culpables por ello, sino que nos ofrecen un camino mucho más sencillo donde encontrar el equilibrio mental. Sin embargo, algunas de las ideas que promulgan son muy difíciles de aceptar, sobre todo para las mentes occidentales.

1. No eres lo que dices, eres lo que haces


Pensamos que nuestras creencias y valores nos definen como personas. De cierta forma es así, pero esa afirmación no es completamente cierta. No somos mejores personas simplemente porque creamos en algo o enarbolemos ciertos valores como nuestros estandartes Lo que nos convierte en buenas personas son nuestras acciones. Las palabras y los pensamientos sin acciones se quedan en buenas intenciones.

De hecho, el mundo está lleno de personas con buenas intenciones que en los momentos decisivos no actúan según los valores y creencias que proclaman a los cuatro vientos. Esta parábola nos anima a no caer en el error de pensar que somos mejores simplemente porque tenemos ideales “más puros” o muy buenas intenciones. Debemos asegurarnos de que esos valores e ideas tengan una salida práctica. Debemos cerciorarnos de que existe una congruencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. No somos buenas personas únicamente por lo que pensamos o sentimos, lo somos por lo que hacemos.

2. No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti


En el taoísmo no hay 10 mandamientos ni leyes complicadas que determinen lo que está bien y lo que no. Solo hay una norma: no hacer el mal a los demás, abstenernos de causar daño, sufrimiento y dolor.

Debemos comportarnos con los otros de la misma manera en que nos gustaría que se comportaran con nosotros. Es una regla muy sencilla porque ante cualquier dilema moral solo tenemos que preguntarnos: ¿nos gustaría que alguien se comportara así con nosotros o con las personas que amamos?

El problema de esta regla es que implica que la responsabilidad por nuestros actos es completamente nuestra, y eso aterra a las personas que prefieren que sea una religión, estado o sociedad quien decida lo que está bien o mal porque de esa forma tienen excusas para evadir su conciencia. Siempre es más fácil culpar al otro que asumir los errores.

Por supuesto, esta regla aparentemente tan sencilla también tiene otra gran implicación puesto que es imprescindible que seamos capaces de amarnos a nosotros mismos. Si caemos en hábitos autodestructivos, le haremos daño a los demás. Por lo que para aceptar y llevar a la práctica esta verdad será necesario realizar un gran trabajo interior, algo que muchas personas no están dispuestas a hacer. 

3. Madurez no es añadir, sino aprender a restar


Nuestra sociedad se ha encargado de generar necesidades falsas. Así nos mantenemos ocupados y estresados mientras intentamos alcanzar esas cosas que nos darán la seguridad o el bienestar que tanto anhelamos. En realidad la vida es mucho más sencilla y, una vez que nuestras necesidades básicas están cubiertas, no necesitamos mucho más para ser felices.

Creemos erróneamente que la vida es sumar cada vez más. Sumar más personas aunque estas no nos aporten nada. Sumar más cosas aunque no las necesitemos. Sumar más seguridades aunque no sean más que espejismos. Sumar más roles sociales aunque no seamos capaces de interpretarlos bien y sentirnos a gusto con ellos. Pensamos que sumar es sinónimo de éxito y felicidad cuando en realidad es solo una expresión de miedo, insatisfacción y caos. Aceptar que no necesitamos sumar sino aprender a restar es difícil porque implica un cambio radical en la manera de comprender la vida. Pero el resultado es extremadamente liberador.

El maestro zen de la parábola nos invita, de cierta forma, a liberarnos de esa necesidad de sumar y complejizarlo todo para abrazar la simplicidad. Nos enseña que a veces las grandes verdades son las más sencillas y que para encontrar el equilibrio a veces solo es necesario regresar a los orígenes y despojar las cosas de todas las capas inútiles que hemos ido construyendo a su alrededor.