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Cómo la gente te trata, es su problema. Cómo reacciones, es el tuyo

Por Jennifer Delgado

Viktor Frankl, un psiquiatra austríaco que estuvo prisionero en los campos de concentración nazis afirmó que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias, para decidir su propio camino”. 

Y es que a lo largo de la vida estamos expuestos a disímiles situaciones, enfrentamos numerosos obstáculos y sufrimos varios contratiempos. También encontramos a personas que no son todo lo agradables que quisiéramos y que incluso pueden hacernos mucho daño. En la mayoría de los casos no podemos hacer nada para evitarlo. Sin embargo, podemos elegir cómo reaccionar. Después de todo, en lo más profundo de nosotros, solo nos puede dañar aquel a quien le hemos dado el permiso para hacerlo.

Cada quien es responsable por sus acciones


Hay personas que van por el mundo como si fueran camiones de basura. Cargan sobre sus hombros una enorme dosis de resentimiento, ira, tristeza o miedo e intentan descargarla en cualquier lugar. Son las típicas personas que reaccionan de manera exagerada ante el menor estímulo y que, de forma consciente o no, hacen todo lo posible por arruinarnos el día y a veces hasta la vida.

Se trata de personas que responden atacando, descargando un rosario de quejas o manipulando para hacernos sentir culpables. Podemos encontrar personas así por doquier, lo mismo en la caja de un banco que en una oficina pública o incluso puede que se trate de uno de nuestros amigos, nuestro compañero de trabajo, nuestra madre o nuestra pareja.

Estas personas se comportan así porque no han aprendido a ser asertivos en sus relaciones interpersonales, porque no poseen las herramientas psicológicas necesarias para hacerle frente a la adversidad y los problemas, por lo que terminan perdiendo el control sobre sus emociones y comportamientos. Estas personas son como bombas de tiempo emocionales dispuestas a estallar en cualquier momento.

Obviamente, los daños que causen serán su responsabilidad. La nuestra es no dejar que nos envuelvan en sus redes.

Recibirás lo que das


En este sentido, la ley del karma es muy esclarecedora. Este principio budista hace referencia a la ley causa-efecto e indica que nuestras experiencias son el resultado de nuestras acciones, palabras y pensamientos. En práctica, todas nuestras acciones dejan huellas y, con el tiempo, se generan los resultados.

Nuestra mente y nuestra vida son como un campo, recogeremos lo que hayamos sembrado. Las acciones, palabras y pensamientos virtuosos son semillas positivas de las que recogeremos felicidad pero la violencia, el odio, la ignorancia, el egoísmo y el resentimiento conducirán al sufrimiento. A veces esas semillas permanecen ocultas en nuestra mente, hasta que se producen las condiciones necesarias para que germinen.

Por eso, cada persona tiene su propio karma, que depende exclusivamente de sus acciones, palabras y pensamientos. Desde esta perspectiva, el karma no es un castigo impuesto por el destino, es tan solo el resultado de nuestras decisiones, incluso de las más pequeñas y aparentemente intrascendentes.

Si cada vez que alguien nos molesta nos enfadamos, alimentaremos cada vez más la ira, hasta que esa emoción se apropie de nosotros. Si cada vez que alguien se queja, le seguimos el juego y nos quejamos a su vez, terminaremos convirtiéndonos en quejicas crónicos. Obviamente, de esa forma no podremos encontrar el equilibrio emocional que necesitamos para ser felices.

¿Cómo reaccionar para que no te arrebaten tu equilibrio emocional?


El principal objetivo es lograr que las personas no jueguen con tus emociones porque de esta forma les estás dando el control de tu vida, literalmente. De hecho, se ha apreciado que pequeños desencuentros en nuestras relaciones interpersonales provocan lo que se conoce como “caos cardiaco”. En práctica, los estados de estrés, ansiedad, depresión o cólera hacen que la frecuencia del ritmo cardíaco entre dos latidos se vuelva irregular o “caótica”. Y esa frecuencia irregular se ha asociado con problemas de salud como la hipertensión, la insuficiencia cardíaca, el infarto y la muerte súbita.

Por tanto, tus reacciones no solo determinarán tu estado emocional sino que, a largo plazo, también tendrán repercusiones sobre tu salud. Sin embargo, tampoco se trata de permitir que las personas vulneren tus derechos y sufrir en silencio mientras te arruinan la vida. La clave está en encontrar un equilibrio, en darle a cada cosa su justa medida y no permitir que sean los demás quienes dicten nuestros estados emocionales, sobre todo si estos nos pueden hacer daño.

1. No te pongas a la defensiva. Cuando percibimos que alguien nos “ataca” nuestra primera reacción es ponernos a la defensiva. Lo que sucede es que el cerebro emocional ha tomado el mando y ha decretado un estado de alerta. En ese caso, solo necesitarás un minuto, respira profundo y no respondas inmediatamente. Así le darás tiempo a las zonas corticales a retomar el control y podrás pensar con mayor claridad cómo hacerle frente a la situación sin que se te vaya de las manos.

2. Acepta la situación. Hay personas que no puedes cambiar, intentar hacerlo sería como nadar contracorriente. Asume esa realidad y no esperes obtener demasiado de ellas. Recuerda que en muchas ocasiones tu peor enemigo son las expectativas y tu incapacidad para reestructurar tu campo de acción ante una situación inesperada. No se trata de darte por vencido sino de reajustar tus expectativas y preguntarte: ¿Qué puedo obtener realmente de esta situación? Cuando asumes que el mundo no siempre es como quisieras, evitas combatir batallas perdidas de antemano.

3. Defiende tus derechos. Sin irritarte, hazle ver a la otra persona que eres consciente de tus derechos y que no estás dispuesto a permitir que pase por encima de ellos. En estos casos, la técnica del disco rayado se convertirá en tu mejor aliada. Se trata de repetir todas las veces que sea necesario tu opinión, pero sin perder la calma, de manera que la otra persona comprenda que estás decidido a lograr lo que te pertenece por derecho.

4. Cambia la perspectiva. Si no es un asunto por el que merece la pena discutir, es mejor cambiar argumento. Al contrario, si es algo importante, puedes hacerle una pregunta que le haga pensar sobre las consecuencias de sus acciones. De hecho, muchas personas no son plenamente conscientes del alcance de sus palabras o decisiones, por lo que de esta forma le estás animando a ver la situación desde otra perspectiva. También puedes preguntar el por qué de tanta polémica, ira o resistencia. En muchos casos, ponerle nombre a lo que está sintiendo nuestro interlocutor, implica desarmarle, lo cual os permitirá hablar de forma más razonable. 

5. Reacciona con la emoción opuesta. Se trata de asumir una actitud más tolerante, paciente, amable y humilde, aunque ello requiera un gran esfuerzo de tu parte. Recuerda que responder con ira solo aumenta la violencia. Al contrario, si la persona se da cuenta de que no le seguimos el juego, probablemente se detendrá a pensar en sus propias reacciones. Considera que a todos nos afecta lo que hacen las personas que se encuentran a nuestro alrededor, por lo que una reacción paciente y calmada puede hacer que la intolerancia y el enfado se desvanezcan. 

6. Ponte en su lugar. No se trata de excusar sus comportamientos sino de comprender que todos nos equivocamos y que en ese momento es cuando más necesitamos de alguien comprensivo. Considera que necesitamos más amor y comprensión justo cuando menos lo merecemos, porque es cuando estamos atravesando las situaciones más difíciles. Piensa que tú también cometes errores y pierdes la paciencia, y compórtate como te gustaría que los demás se comportaran contigo. Quizás esa persona que tanto te molesta nunca cambie, pero al menos te respetará por tu forma de ser.

7. Protege tu autoestima. Lidiar continuamente con personas difíciles puede ser muy desgastante y puede minar tu autoestima. Por eso, es importante que te asegures de blindarla a prueba de balas. Recuerda que las opiniones que los demás tienen de ti no son una verdad absoluta y no te definen como persona. De hecho, considera que sus ataques incluso pueden ser un intento desesperado de alimentar su propia autoestima. Céntrate en las personas que realmente te valoran y fomenta las cualidades que te harán crecer. Olvídate del resto.