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DINERO, DINERO, DINERO


Por Axel Piskulic, 
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)
Para tomar sol, andar en bicicleta o disfrutar de una siesta, no hace falta mucho dinero…
¿El dinero hace la felicidad o es más bien un obstáculo para alcanzarla?
Es un poco raro que tenga sentido hacerse esta pregunta. Por ejemplo, nadie se preguntaría si la buena salud es un obstáculo para alcanzar la felicidad. Con la salud no hay lugar a dudas, todos sabemos que es una condición que favorece el bienestar de cualquier persona.
En cambio hay algo extraño en la relación que tenemos con el dinero.
Por un lado, a todos nos hace falta y muchos de nosotros hacemos bastantes sacrificios para conseguirlo. Normalmente vamos al trabajo todos los días, a llevar a cabo una actividad que tal vez no nos gusta demasiado, soportando a un jefe que quizás no nos cae muy bien. Y todo por una paga que muchas veces no nos parece justa, que no nos alcanza para concretar todo lo que nos gustaría hacer.
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)
Pero por otro lado, las personas que tienen mucho dinero y que por lo tanto ya no tienen que hacer tantos sacrificios, tampoco parecen estar muy contentas.
Si me pidieran que imagine a una persona muy sabia, espiritualmente evolucionada y sensible, difícilmente asociaría esas cualidades con las de un multimillonario. En cambio es probable que piense, por ejemplo, en un monje budista, solitario, en contacto con la naturaleza, viviendo de una manera muy sencilla, en condiciones de extrema austeridad.
¿Será sólo un estereotipo, consecuencia de los prejuicios, o habrá algo de verdad en todo esto?
Yo tengo una respuesta. Es la mejor que encontré hasta ahora, pero antes de proponértela quisiera compartir dos historias que arrojan un poco de luz sobre este asunto.
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)

La camisa del hombre feliz

La camisa del hombre feliz es el título de un cuento muy breve cuyo autor es el escritor ruso León Tolstoi. La historia cuenta que el zar había caído gravemente enfermo y los médicos no conseguían curarlo. Tal era la preocupación en el palacio que se ofreció una cuantiosa recompensa al que fuera capaz de devolverle la salud.
 Cuando todos los sabios ya habían fracasado y no quedaba ningún remedio por ensayar, un trovador aseguró saber cuál era la única cura para el misterioso mal: era necesario, afirmó, que el zar se pusiera la camisa de un hombre que fuera completamente feliz. Se inició entonces la búsqueda, se enviaron emisarios en todas direcciones, se recorrió el país entero, hasta sus más remotos confines, pero aparentemente no había ninguna persona que fuera completamente feliz. 
Todos tenían algo de qué quejarse, todos sentían que les faltaba algo para ser plenamente felices. Hasta que finalmente lo encontraron. Hallaron al único hombre feliz. Un hombre sencillo, solitario, viviendo de manera muy humilde… pero completamente feliz. Y a pesar de que estaba dispuesto a colaborar para que el zar recuperara la salud, había un problema insuperable: este hombre era tan pobre que no tenía ni siquiera una camisa.
Este cuento parece reforzar la idea de que es más fácil encontrar la felicidad si uno no tiene mucho dinero. Sí, ya sé, es sólo un cuento… pero si su argumento fuera completamente absurdo, no sería recordado todavía hoy, más de cien años después de escrito.
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)

Las 99 monedas de oro

En el otro cuento que quiero compartir, Las 99 monedas de oro, hay un rey que estaba siempre de muy mal humor. Su sirviente personal, en cambio, se veía todo el tiempo muy contento, su felicidad parecía ser completa. Muy intrigado (¡y muy molesto!) un día el rey decidió preguntarle cuál era el secreto de su permanente alegría. De antemano sabía que el sirviente vivía muy humildemente, en condiciones muy distintas de las que el rey disfrutaba en el palacio. 
El sirviente le explicó, lo mejor que pudo, que normalmente se sentía así de bien porque tenía buena salud, una familia numerosa y buenos amigos. Y que aunque vivía en la pobreza, con todos los problemas y limitaciones que eso implica, había aprendido a disfrutar de cada momento de esa vida tan sencilla. El rey no quedó satisfecho con esta explicación y decidió consultar el asunto con el sabio de la corte, quien le propuso llevar a cabo un singular experimento con el pobre sirviente. 
El sabio le aseguró que luego comprendería por qué el sirviente era feliz mientras que él, el rey, estaba siempre de mal humor. En secreto, le hicieron llegar al sirviente una bolsa que contenía noventa y nueve monedas de oro, una pequeña fortuna. La bolsa estaba acompañada de una nota que decía que ese dinero era una recompensa por ser una persona honesta y trabajadora. Muy feliz (¡mucho más que de costumbre!) el sirviente comenzó a contar las monedas. Le llamó la atención comprobar que eran noventa y nueve. Pensó que tal vez con la emoción se le habría caído una moneda. La buscó en el piso de la habitación pero no la encontró. Luego imaginó que tal vez el mensajero que trajo la bolsa podría haberle robado la moneda faltante. Ya no estaba contento. Ahora sólo podía pensar en la moneda perdida. Ya no se sentía feliz por las noventa y nueve monedas recibidas. 
Comenzó a pensar cómo podría hacer para reunir el dinero suficiente para comprar una moneda más y así completar las cien. A partir de ese momento ya no tuvo momentos libres, comenzó a dormir sólo unas pocas horas al día y puso a trabajar también a toda su familia. En su afán de comprar esa última moneda, el sirviente, que ahora vivía obsesionado por el dinero, perdió su tranquilidad y su buen humor. Y el rey, que finalmente aprendió algo acerca de la felicidad y del dinero, no tuvo más remedio que despedirlo porque se había vuelto malhumorado e insoportable.
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)
Bien, este segundo cuento sugiere, como el primero, que es más fácil ser feliz siendo pobre que siendo rico. Pero además propone cómo es el mecanismo a través del cual se va perdiendo esa felicidad en la medida en que comienza a llegar el dinero. Las personas muy pobres están obligadas a gastar todo su dinero en cosas básicas e indispensables, y es tan poco lo que les sobra que no pueden soñar con otros proyectos. Su atención, entonces, es más libre para disfrutar de la vida. En cambio, quienes tienen un poco más de dinero ya pueden fijarse otras metas, comienzan entonces a recorrer una espiral que los obliga a esforzarse cada vez más, a asumir mayores responsabilidades y a preocuparse por cosas que en realidad no necesitan.
¿Todo esto significa que para ser felices debemos ser extremadamente pobres? Claro que no. Sólo nos muestra que hay caminos que pueden alejarnos de la felicidad sin que nos demos cuenta a tiempo. Y el dinero o el consumo, como metas en sí mismos, pueden llevarnos por esos caminos equivocados, alejándonos cada vez más de la felicidad que anhelamos.
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)

Entonces…

Obsesionarnos por tener más o angustiarnos por lo que nos falta son mecanismos que utiliza el ego para mantenernos insatisfechos.
La experiencia de tomar un té, por ejemplo, es similar para un rico que para un pobre. Se trata simplemente de hacer una pausa, relajarse, y disfrutar del té. Es igual para mí que para un multimillonario, no hay una verdadera diferencia. Lo mismo puede decirse de dormir la siesta, tomar una ducha o mirar una película.
Cualquiera sea el nivel de nuestros ingresos, cualquiera sea la cantidad de dinero o de bienes materiales que estén a nuestra disposición, lo mejor que podemos hacer es no olvidarnos de vivir plenamente cada día, cada momento… es no olvidarnos de disfrutar del misterioso milagro de estar vivos.
Axel Piskulic
Una persona feliz, saliendo de un tobogán acuático (Imagen de Krista Long)
Las imágenes son de Krista Long